jueves, 14 de febrero de 2013

Un plan perfecto, con guión de los hermanos Coen



Después de ganar varios Oscars con No es país para viejos y de arrasar en taquilla con Valor de ley, Joel y Ethan Coen se reservan sólo la labor de guionistas, como deberían haber hecho con las similares Crueldad intolerable y Ladykillers.

Acudo al pase de Un plan perfecto y lo primero que me viene a la mente es cuántos planes llevo vistos en cine, Plan oculto, Un plan sencillo, Un plan brillante, Un plan perfecto… ¿Perfecto? Pues sí, ya existía un film con el mismo título en español que la nueva película de Colin Firth y Cameron Diaz, y seguramente nadie se acuerde de él, al igual que sucederá con este ligero remake de Gambit (Ronald Neame, 1966).

La película de Michael Hoffman (Un día inolvidable, La última estación) también debería haberse llamado Gambit –traducido estratagema-, para que al menos la gente rescatara ese clásico protagonizado por Michael Caine y Shirley MacLaine que en España se llamó Ladrona por amor. En el tema de los títulos no hemos cambiado mucho, y en lo referente al género de comedia tampoco, o eso piensan los hermanos Coen que escriben Un plan perfecto como si nos encontráramos en los años 60.

Harry Deane (Colin Firth) planea estafar al engreído coleccionista de obras de arte Lionel Shabandar (Alan Rickman). Para ello falsifica un cuadro de Monet y contrata a la renia de los rodeos de Texas (Cameron Diaz), que posee dos cualidades que la convierten en el cebo perfecto, está buena y es rubia. ¿Que por qué Harry, que está en Londres, se toma tantas molestias, pagando billetes de avión y hoteles de lujo, para dejar en ridículo a un millonario? La razón más lógica sería por dinero, pero parece ser que es simplemente cuestión de honor, algo que los británicos se toman casi tan en serio como lo hacían los samuráis del antiguo Japón.

Hace unos años, cuando idolatraba a los autores de Fargo y Sangre fácil, habría salido indignado del cine, como me sucedió en 2003 con la insulsa Crueldad intolerable, sin embargo los Coen esta vez han sido más listos y han dejado que sea otro quien dirija su entretenido homenaje al slapstick y a una era de Hollywood en la que las películas se hacían de forma distinta para un público distinto. Un plan perfecto es justo lo que necesitas un domingo por la tarde, un inocente y encantador disparate que nos recuerda lo sano que es reírse de uno mismo.

Lo mejor: Alan Rickman, ya era hora de que saliera de Howards.

Lo peor: los manoseados dibujos animados de los créditos.


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