Después de ganar varios Oscars
con No es país para viejos y de arrasar
en taquilla con Valor de ley, Joel y Ethan Coen se reservan sólo la
labor de guionistas, como deberían haber hecho con las similares Crueldad intolerable y Ladykillers.
Acudo al pase de Un
plan perfecto y lo primero que me viene a la mente es cuántos planes
llevo vistos en cine, Plan oculto, Un plan sencillo, Un plan brillante, Un plan
perfecto… ¿Perfecto? Pues sí, ya existía un film con el mismo título en
español que la nueva película de Colin
Firth y Cameron Diaz, y seguramente
nadie se acuerde de él, al igual que sucederá con este ligero remake de Gambit (Ronald Neame, 1966).
La película de Michael Hoffman (Un día inolvidable, La última
estación) también debería haberse llamado Gambit –traducido estratagema-, para que al menos la gente
rescatara ese clásico protagonizado por Michael
Caine y Shirley MacLaine que en
España se llamó Ladrona por amor. En
el tema de los títulos no hemos cambiado mucho, y en lo referente al género de
comedia tampoco, o eso piensan los
hermanos Coen que escriben Un plan
perfecto como si nos encontráramos en los años 60.
Harry Deane (Colin Firth) planea estafar al engreído coleccionista de obras de
arte Lionel Shabandar (Alan Rickman).
Para ello falsifica un cuadro de Monet y contrata a la renia de los rodeos de
Texas (Cameron Diaz), que posee dos
cualidades que la convierten en el cebo perfecto, está buena y es rubia. ¿Que
por qué Harry, que está en Londres, se toma tantas molestias, pagando billetes
de avión y hoteles de lujo, para dejar en ridículo a un millonario? La razón
más lógica sería por dinero, pero parece ser que es simplemente cuestión de
honor, algo que los británicos se toman casi tan en serio como lo hacían los samuráis del
antiguo Japón.
Hace unos años, cuando idolatraba
a los autores de Fargo y Sangre fácil, habría salido indignado
del cine, como me sucedió en 2003 con la insulsa Crueldad intolerable, sin embargo los Coen esta vez han sido más
listos y han dejado que sea otro quien dirija su entretenido homenaje al
slapstick y a una era de Hollywood en la que las películas se hacían de forma
distinta para un público distinto. Un
plan perfecto es justo lo que necesitas un domingo por la tarde, un inocente
y encantador disparate que nos recuerda lo sano que es reírse de uno mismo.
Lo mejor: Alan Rickman, ya era hora de que saliera de Howards.
Lo peor: los manoseados dibujos animados de los créditos.

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