El director de Trainspotting y Slumdog Millionaire regresa al género con el que debutó con este
rompecabezas cargado de violencia y erotismo.
![]() |
| Imagen: FOX |
Puntuación: 5
En 1994 se estrenaba Tumba abierta, algo así como la película
que los hermanos Coen habrían realizado de haber nacido en Inglaterra. Con esta
carta de presentación y su posterior consagración con Trainspotting, una de las cimas del cine británico, Danny Boyle podía permitirse casi
cualquier cosa, deforestar una playa y volver a sumergir a Leonardo DiCaprio (La playa,
2000), dejar clara la diferencia entre zombis e infectados (28 días después, 2002), lanzarse al
espacio (Sunshine, 2007) y arrasar en
los Oscars con la fábula de un niño indio que pasa de vivir en una chabola a
ser millonario gracias a un concurso (Slumdog Millionaire, 2008).
Si hay algo que echo de menos en
las películas de Danny Boyle es esa
suciedad que rodeaba a Mark Renton y sus amigos heroinómanos. Hoy en día no
creo que pudiera filmar una escena como la alucinógena inmersión en el retrete,
por mucho que en Trance le dé por reventar cabezas o enseñarnos cadáveres
descompuestos. Su cine ahora presume de una fotografía hiperrealista, que a
veces se agradece como en el caso de 127
Horas –a ver quién la digiere sino- y otras le resta personalidad a su
trabajo.
Trance me recordó a Efectos
secundarios (Steven Soderbergh,
2013), después de una anodina primera hora la trama desvaría en una sucesión de
sorpresas gratuitas que tienen su explicación en un incoherente y precipitado
desenlace. Es cine negro de serie B
con envoltorio de lujo, pero si sabes a lo que vas incluso puede que le saques
provecho al tiempo invertido.
El film empieza con un robo en la
casa de subastas donde trabaja Simon (James
McAvoy, Expiación). Los
atracadores, liderados por Franck (Vincent
Cassel, Cisne negro), pretenden
hacerse con una obra de arte y en lugar de eso se van con las manos vacías por
culpa del empleado del mes. Simon ha escondido el valioso cuadro, el problema
es que debido a un golpe no recuerda dónde, de modo que Franck contrata los
servicios de una terapeuta (Rosario
Dawson, Sin City). Con la ayuda
de la hipnosis, método que va ganando adeptos, el protagonista bucea en su
mente acompañado de la bella especialista y del propio espectador que tiene dos
opciones, disfrutar del viaje en montaña rusa o tirarse de ella en movimiento.
Lo mejor: el frenético montaje, a veces es aconsejable no pensar
durante la proyección.
Lo peor: sus personajes bidimensionales, esclavos de un guión
tramposo.
Alternativas: si queréis paranoia ahí van tres imprescindibles, Videodrome, Paprika y Cisne negro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario