jueves, 13 de junio de 2013

Trance, de Danny Boyle



El director de Trainspotting y Slumdog Millionaire regresa al género con el que debutó con este rompecabezas cargado de violencia y erotismo.

Imagen: FOX
 Puntuación: 5

En 1994 se estrenaba Tumba abierta, algo así como la película que los hermanos Coen habrían realizado de haber nacido en Inglaterra. Con esta carta de presentación y su posterior consagración con Trainspotting, una de las cimas del cine británico, Danny Boyle podía permitirse casi cualquier cosa, deforestar una playa y volver a sumergir a Leonardo DiCaprio (La playa, 2000), dejar clara la diferencia entre zombis e infectados (28 días después, 2002), lanzarse al espacio (Sunshine, 2007) y arrasar en los Oscars con la fábula de un niño indio que pasa de vivir en una chabola a ser millonario gracias a un concurso (Slumdog Millionaire, 2008).

Si hay algo que echo de menos en las películas de Danny Boyle es esa suciedad que rodeaba a Mark Renton y sus amigos heroinómanos. Hoy en día no creo que pudiera filmar una escena como la alucinógena inmersión en el retrete, por mucho que en Trance le dé por reventar cabezas o enseñarnos cadáveres descompuestos. Su cine ahora presume de una fotografía hiperrealista, que a veces se agradece como en el caso de 127 Horas –a ver quién la digiere sino- y otras le resta personalidad a su trabajo.

Trance me recordó a Efectos secundarios (Steven Soderbergh, 2013), después de una anodina primera hora la trama desvaría en una sucesión de sorpresas gratuitas que tienen su explicación en un incoherente y precipitado desenlace. Es cine negro de serie B con envoltorio de lujo, pero si sabes a lo que vas incluso puede que le saques provecho al tiempo invertido. 

El film empieza con un robo en la casa de subastas donde trabaja Simon (James McAvoy, Expiación). Los atracadores, liderados por Franck (Vincent Cassel, Cisne negro), pretenden hacerse con una obra de arte y en lugar de eso se van con las manos vacías por culpa del empleado del mes. Simon ha escondido el valioso cuadro, el problema es que debido a un golpe no recuerda dónde, de modo que Franck contrata los servicios de una terapeuta (Rosario Dawson, Sin City). Con la ayuda de la hipnosis, método que va ganando adeptos, el protagonista bucea en su mente acompañado de la bella especialista y del propio espectador que tiene dos opciones, disfrutar del viaje en montaña rusa o tirarse de ella en movimiento.

Lo mejor: el frenético montaje, a veces es aconsejable no pensar durante la proyección.

Lo peor: sus personajes bidimensionales, esclavos de un guión tramposo.


Alternativas: si queréis paranoia ahí van tres imprescindibles, Videodrome, Paprika y Cisne negro.

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