martes, 15 de enero de 2013

Django Desencadenado



Tarantino continúa por la senda de la venganza y revisitando géneros, esta vez le toca el turno al spaguetti-western y el resultado le ha valido sendos Globos de Oro al mejor guión original y a su actor de reparto Christoph Waltz (Malditos bastardos).


La última gamberrada –léase chorrada- de Quentin Tarantino no me gusta. Prefiero decirlo desde un principio y ahorrarles un disgusto a mis seguidores, que después de este artículo van a ser aún menos. También quiero dejar claro que Pulp Fiction y los dos volúmenes de Kill Bill están entre mis películas favoritas, y que tanto Death Proof como Malditos bastardos me parecieron decepcionantes.

A diferencia de otros “enfants terribles” como Darren Aronofsky, Wes Anderson o Paul Thomas Anderson, a los que les cuesta obtener el reconocimiento unánime de público, crítica y compañeros de profesión, los films de Tarantino han ido obteniendo más ingresos en taquilla, mejores reseñas en la prensa especializada y más galardones en las cada vez más aburridas entregas de premios. De Django desencadenado, que ya ha obtenido cinco nominaciones a los Oscar incluyendo mejor película, han dicho que es exagerada, escandalosa y estimulante. No sé si circula por ahí otro montaje, pero la versión de casi tres horas que me tocó sufrir sólo encaja con uno de esos tres adjetivos.

El problema con Django desencadenado es que no sorprende, más bien todo lo contrario, cada golpe de efecto es esperado por el espectador mínimamente cinéfilo. Qué fue de los relojes que pasaban de un culo a otro siguiendo el árbol genealógico, de las peleas coreografiadas al son de flamenco, de los debates sobre el cuarto de libra con queso y de los elaborados homenajes a grandes cineastas como Hitchcock o Truffaut. En lugar de eso nos encontramos con la historia lineal de un esclavo (Jamie Foxx) que quiere recuperar a su esposa en los albores de la Guerra de Secesión, sin los gratificantes saltos temporales que nos desvelaban el final de Kill Bill: Volumen 1, resucitaban a John Travolta en Pulp Fiction o nos mostraban la misma secuencia desde diferentes puntos de vista en Jackie Brown.

Tarantino se esfuerza en darle al público lo que pide, metiendo canciones de rap en la banda sonora, derramando vísceras y litros de sangre, amenazando con castraciones que sabemos que sólo Lars Von Trier sería capaz de llevar a cabo, rescatando a actores de los que nadie se acordaba como Don Johnson para que revivan sus días de gloria –con la crueldad que ello conlleva- y se burla de los americanos racistas de aquellos años, representados en la figura de un amanerado Leonardo DiCaprio, como hiciera con los nazis en Malditos Bastardos. Lástima que pierda dos horas en presentarnos al protagonista y detonar su trama, pues hasta que no vuelve a ver a su amada –y parafraseando a uno de los personajes- no logra captar nuestra atención.

Lo mejor: las delirantes últimas secuencias.

Lo peor: no está a la altura de ninguno de los spaguetti-western a los que se debería haber acercado.

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