Tarantino continúa por la senda de la
venganza y revisitando géneros, esta vez le toca el turno al spaguetti-western
y el resultado le ha valido sendos Globos de Oro al mejor
guión original y a su actor de reparto Christoph Waltz (Malditos
bastardos).
La última gamberrada –léase chorrada- de Quentin Tarantino
no me gusta. Prefiero decirlo desde un principio y ahorrarles un disgusto a mis
seguidores, que después de este artículo van a ser aún menos. También quiero dejar
claro que Pulp Fiction y los dos volúmenes de Kill
Bill están entre mis películas favoritas, y que tanto Death
Proof como Malditos bastardos me parecieron decepcionantes.
A diferencia de otros “enfants terribles” como Darren
Aronofsky, Wes Anderson o Paul Thomas
Anderson, a los que les cuesta obtener el reconocimiento unánime de
público, crítica y compañeros de profesión, los films de Tarantino han ido
obteniendo más ingresos en taquilla, mejores reseñas en la prensa especializada
y más galardones en las cada vez más aburridas entregas de premios. De Django
desencadenado, que ya ha obtenido cinco nominaciones a los
Oscar incluyendo mejor película, han dicho que es exagerada,
escandalosa y estimulante. No sé si circula por ahí otro montaje, pero la
versión de casi tres horas que me tocó sufrir sólo encaja con uno de esos tres
adjetivos.
El problema con Django desencadenado es
que no sorprende, más bien todo lo contrario, cada golpe de efecto es esperado por
el espectador mínimamente cinéfilo. Qué fue de los relojes que pasaban de un
culo a otro siguiendo el árbol genealógico, de las peleas coreografiadas al son
de flamenco, de los debates sobre el cuarto de libra con queso y de los elaborados
homenajes a grandes cineastas como Hitchcock o Truffaut.
En lugar de eso nos encontramos con la historia lineal de un esclavo (Jamie
Foxx) que quiere recuperar a su esposa en los albores de la Guerra de
Secesión, sin los gratificantes saltos temporales que nos desvelaban el final
de Kill Bill: Volumen 1, resucitaban a John Travolta en Pulp
Fiction o nos mostraban la misma secuencia desde diferentes puntos de
vista en Jackie Brown.
Tarantino se esfuerza en darle al público lo que pide,
metiendo canciones de rap en la banda sonora, derramando vísceras y litros de
sangre, amenazando con castraciones que sabemos que sólo Lars Von
Trier sería capaz de llevar a cabo, rescatando a actores de los que
nadie se acordaba como Don Johnson para que revivan sus días
de gloria –con la crueldad que ello conlleva- y se burla de los americanos racistas
de aquellos años, representados en la figura de un amanerado Leonardo
DiCaprio, como hiciera con los nazis en Malditos Bastardos.
Lástima que pierda dos horas en presentarnos al protagonista y detonar su
trama, pues hasta que no vuelve a ver a su amada –y parafraseando a uno de los
personajes- no logra captar nuestra atención.
Lo mejor: las delirantes últimas
secuencias.
Lo peor: no está a la altura de ninguno
de los spaguetti-western a los que se debería haber acercado.

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