lunes, 17 de junio de 2013

Laurence Anyways, de Xavier Dolan



Tercer film del realizador canadiense que con sólo 24 años se ha convertido en uno de los talentos más prometedores del cine de su país.

Imagen: Avalon
Puntuación: 7,5

Laurence (Melvil Poupaud) es un profesor de instituto que un buen día decide comenzar a vestirse de mujer. El problema no es cómo van a aceptar dicho cambio en el trabajo, el mayor reto será contárselo a su novia (Suzanne Clément) y que ambos sobrevivan a los prejuicios de amigos y familiares.

Xavier Dolan confiesa sus “secretos de infancia” en su tercer trabajo tras las cámaras, tras las también autobiográficas He matado a mi madre y Los amores imaginarios. La primera de ellas la dirigió con apenas 20 años y obtuvo varios galardones en el Festival de Cannes, reconocimiento al que ya estará acostumbrado. Laurence Anyways obtuvo la Queer Palm en dicho certamen, algo así como la Palma Gay, y con sus casi tres horas de duración es sin duda el título más ambicioso de su breve filmografía.

Su largo metraje es sin embargo el talón de Aquiles de una producción impecable, apoyada en una exquisita fotografía y un diseño de vestuario, a cargo del propio Dolan, que nos lleva de vuelta –muy a nuestro pesar- a la década de los noventa. Aparte de confirmar que en aquella época éramos igual de horteras que en los 80, esta intensa historia de amor y de transformación le exige demasiado a un público que por otro lado intuyo acostumbrado a este tipo de caprichos autorales.

La pareja de actores protagonistas se entrega a uno de esos guiones que difícilmente volverá a caer en sus manos y nos hacen partícipes de las emociones que sacuden a los valientes Laurence y Fred, verdaderos héroes que deberían servir como referente a los jóvenes de hoy en día.

Lo mejor: la presencia de Nathalie Baye (Una relación privada, Atrápame si puedes) como la madre de Laurence.

Lo peor: después de un arranque envidiable, la sucesión de lugares comunes a los que recurre Xavier Dolan.


Alternativas: Hedwig and the Angry Inch (John Cameron Mitchell, 2001) y Boys Don’t Cry (Kimberly Peirce, 1999), un poco por temática y otro poco porque me da la gana.

jueves, 13 de junio de 2013

Trance, de Danny Boyle



El director de Trainspotting y Slumdog Millionaire regresa al género con el que debutó con este rompecabezas cargado de violencia y erotismo.

Imagen: FOX
 Puntuación: 5

En 1994 se estrenaba Tumba abierta, algo así como la película que los hermanos Coen habrían realizado de haber nacido en Inglaterra. Con esta carta de presentación y su posterior consagración con Trainspotting, una de las cimas del cine británico, Danny Boyle podía permitirse casi cualquier cosa, deforestar una playa y volver a sumergir a Leonardo DiCaprio (La playa, 2000), dejar clara la diferencia entre zombis e infectados (28 días después, 2002), lanzarse al espacio (Sunshine, 2007) y arrasar en los Oscars con la fábula de un niño indio que pasa de vivir en una chabola a ser millonario gracias a un concurso (Slumdog Millionaire, 2008).

Si hay algo que echo de menos en las películas de Danny Boyle es esa suciedad que rodeaba a Mark Renton y sus amigos heroinómanos. Hoy en día no creo que pudiera filmar una escena como la alucinógena inmersión en el retrete, por mucho que en Trance le dé por reventar cabezas o enseñarnos cadáveres descompuestos. Su cine ahora presume de una fotografía hiperrealista, que a veces se agradece como en el caso de 127 Horas –a ver quién la digiere sino- y otras le resta personalidad a su trabajo.

Trance me recordó a Efectos secundarios (Steven Soderbergh, 2013), después de una anodina primera hora la trama desvaría en una sucesión de sorpresas gratuitas que tienen su explicación en un incoherente y precipitado desenlace. Es cine negro de serie B con envoltorio de lujo, pero si sabes a lo que vas incluso puede que le saques provecho al tiempo invertido. 

El film empieza con un robo en la casa de subastas donde trabaja Simon (James McAvoy, Expiación). Los atracadores, liderados por Franck (Vincent Cassel, Cisne negro), pretenden hacerse con una obra de arte y en lugar de eso se van con las manos vacías por culpa del empleado del mes. Simon ha escondido el valioso cuadro, el problema es que debido a un golpe no recuerda dónde, de modo que Franck contrata los servicios de una terapeuta (Rosario Dawson, Sin City). Con la ayuda de la hipnosis, método que va ganando adeptos, el protagonista bucea en su mente acompañado de la bella especialista y del propio espectador que tiene dos opciones, disfrutar del viaje en montaña rusa o tirarse de ella en movimiento.

Lo mejor: el frenético montaje, a veces es aconsejable no pensar durante la proyección.

Lo peor: sus personajes bidimensionales, esclavos de un guión tramposo.


Alternativas: si queréis paranoia ahí van tres imprescindibles, Videodrome, Paprika y Cisne negro.

martes, 11 de junio de 2013

Monstruos University



Al igual que hicieran con Toy Story y Cars, Pixar y Disney vuelven a apostar por otra secuela, en este caso una precuela de la taquillera Monstruos, S.A.
 
Imagen: Walt Disney
Puntuación: 6

A excepción de la pionera Toy Story, ninguna de las obras maestras surgida de la alianza entre Pixar y Disney ha tenido continuación en la gran pantalla. Me estoy refiriendo a Ratatouille, Up, Buscando a Nemo, Los increíbles o WALL-E (por lo menos sus 45 minutos iniciales). Que dos títulos como Cars y Monstruos, S.A. hayan probado suerte otra vez en cines corrobora mi teoría de que ambas eran películas imperfectas dirigidas a un público mayoritariamente infantil que no se sentiría defraudado con una segunda parte igual de entretenida y aún más prescindible.

De Monstruos S.A. recuerdo su delirante trama en la que los monstruos usaban puertas teletransportadoras para colarse en las habitaciones de los niños y conseguir sus gritos, algo así como la electricidad de su ciudad. Pero lo que hizo que millones de espectadores acudieran a las salas fue su trío protagonista: Sullivan, Mike Wazowski y Boo. Por desgracia, en Monstruos University no hay rastro de la traviesa niña que traía de cabeza a una de las parejas más singulares de lo que llaman “buddy movies”.

La razón de dicha pérdida es sencilla, los acontecimientos tienen lugar años antes de que Mike y Sulley trabajaran para la famosa sociedad anónima, por lo que Boo ni siquiera habría nacido. El enorme ojo verde con patas con el cual compartí habitación durante parte de mi vida –en su versión peluche, que era igual de adorable- llega a la universidad dispuesto a convertirse en la criatura más temible del campus y asegurarse así un puesto en la empresa de sus sueños. El problema es que le ha salido un competidor, James P. Sullivan, al que le precede su apellido –por lo visto su padre fue un respetable monstruo- y su feroz apariencia, si es que a alguien le asusta la combinación de azul y violeta.

Mike y Sulley se verán obligados a entenderse para superar una serie de pruebas por grupos y demostrar a la decana Hardscrabble (Helen Mirren en la versión original) que son los alumnos más aterradores. Y hablando de voces, Billy Crystal y John Goodman retoman sus respectivos papeles, mientras que en España José Mota y Santiago Segura intentarán imitar los talentos de dichas estrellas de Hollywood, para gustos…

Lo mejor: sus referencias a las películas de universitarios de los ochenta.

Lo peor: estos monstruos continúan siendo igual de inofensivos que hace diez años.


Alternativas: si lo que queréis es llevar a los más pequeños al cine tenéis pocas opciones y Gru 2, mi villano favorito tampoco creo que depare muchas sorpresas. Mejor una triple sesión de Toy Story.