jueves, 9 de mayo de 2013

Un invierno en la playa (Stuck in love)



Greg Kinnear (Mejor... imposible) y Jennifer Connelly (Réquiem por un sueño) protagonizan esta comedia romántica mucho más placentera de lo que por su título podríamos imaginar.

Imagen:DeAPlaneta

Puntuación: 7

Comienzo este artículo con la triste noticia del cierre de tres de las salas más emblemáticas de Madrid, Paz, Roxy A y Roxy B, que dejan un vacío en la mítica calle Fuencarral, antaño una de las zona preferidas por los cinéfilos de la capital. Cada vez son menos los espacios destinados al ocio cinematográfico que podemos encontrar en la ciudad, aunque me niego a mencionar la dichosa palabra que todos tenemos en mente. Así que al mal tiempo una buena película como el debut de Josh Boone, que ha tenido la suerte no sólo de dirigir su propio guión sino de contar con dos de los actores más queridos por aquellos que amamos el séptimo arte, Greg Kinnear y Jennifer Connelly.

Un invierno en la playa cuenta la historia de una familia desestructurada de escritores. Bill (Kinnear) es un famoso novelista que sigue enamorado de su exmujer, Erica (Connelly), que como manda la tradición le dejó por alguien más joven y atlético. Samantha (Lily Collins) y Rusty (Nat Wolff) son sus dos hijos, obligados desde pequeños a dejar constancia de sus experiencias en un diario. A ella le van a publicar su primer libro sin siquiera haber acabado la carrera –cuando su padre lleva años de sequía creativa- y él es el raro del instituto que dedica poemas a sus compañeras y es fan de Stephen King. Mientras Sam es adicta a las citas rápidas, Rusty aun no ha tenido su primera relación, pero todo esto va a cambiar, no en vano se trata de una película sobre escritores y ellos mejor que nadie saben lo necesarios que son los conflictos dramáticos.

Pocos han sido los films protagonizados por escritores que han conseguido el respaldo del público, y mucho menos si no están inspirados en la vida de grandes autores como Shakespeare in Love o Las horas. Un invierno en la playa tiene a Stephen King, pero su intervención es breve y no estoy seguro del interés que puede suscitar el creador de clásicos como Carrie y Misery. A cambio encontraréis situaciones que bien podrían haber salido de la imaginación de Woody Allen pasadas por el filtro de Pequeña Miss Sunshine, lo que quiere decir que saldréis del cine con una sonrisa y una inyección de ese optimismo que hemos ido perdiendo con los años. 

Lo mejor: comprobar que Lily Collins posee algo de talento y no es simplemente la hija de Phil Collins.

Lo peor: la previsible resolución de algunas tramas.


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