Gus Van Sant dirige de nuevo un guión de Matt Damon, al que diera su gran oportunidad con El indomable Will Hunting.
Puntuación: 7
Todos conocemos a Matt Damon, ganador de un temprano
Oscar como guionista de El indomable Will
Hunting, que coescribió junto a su amigo Ben Affleck en 1998. El nombre de John Krasinski sólo les sonará a los seguidores de The Office, aunque su rostro os
resultará familiar. Ambos artistas, que así les gustaría que les llamasen, han
brindado a Gus Van Sant una atractiva
historia de dudoso trasfondo ecológico con la que continuar su labor
reivindicativa, iniciada con Mi nombre es
Harvey Milk. Desgraciadamente esta vez no se nutre de trágicos hechos
reales, sino de la ficción, por más que nos hable de la crisis y de polémicas fracturaciones
de tierras para la extracción de gas.
Steve (Matt Damon) y su compañera Sue (Frances McDormand, Fargo)
llegan a un pueblo ganadero de Pensilvania en representación de una compañía de
gas que quiere comprar derechos de perforación, por supuesto a un precio mucho
menor que las ganancias que va a obtener. El problema viene cuando uno de los ciudadanos
pregunta por las consecuencias medioambientales de dichas excavaciones. Esta
sencilla cuestión llamará la atención de Dustin (John Krasinski), un ecologista con sed de justicia y don de gentes,
cualidades que obligan a Steve a replantearse la estrategia de la que depende
su trabajo.
Gus Van Sant, que de seguir así conseguirá que le perdone el haber
realizado el remake de Psicosis, aparca
sus caprichos independientes (Paranoid
Park, Last Days, Elephant) y retoma el cine más comercial
sin perder un ápice de compromiso autoral. Claro que en este caso se muestra
esclavo de un guión que hace aguas en su inesperado último acto, que en
términos narrativos es sumamente eficaz. Algo parecido a lo que sucedía en la
reciente Efectos secundarios, donde
su denuncia a la prescripción de fármacos antidepresivos se diluía en un turbio
thriller de giros abruptos y tramposos.
Si creíais haberlo visto todo
preparaos para esta versión zombie de Romeo y Julieta que dirige el
responsable de 50/50, otra comedia atípica que pasó injustamente
desapercibida.
Puntuación: 6,5
Que un vampiro se enamorara de
una mujer no era nada nuevo, desde Drácula
de Bram Stoker hasta Crepúsculo ha
llovido mucho, pero el Conde de Transilvania y sus descendientes siempre han
sido muy románticos. Que lo hiciera un hombre lobo o cualquier otra criatura
sobrenatural tampoco lo era, La bella y
la bestia, El doctor Frankestein,
King Kong, La mujer y el monstruo… Pero que un zombie y una adolescente vivan
un romance es algo con lo que George A.
Romero no contaba cuando realizó La
noche de los muertos vivientes en 1968.
Warn Bodies, que así se llaman en realidad estas Memorias
de un zombie adolescente, nos presenta a R (Nicholas Hoult, X-Men:
Primera generación), uno de esos caminantes que en los últimos años han
invadido la televisión, las novelas gráficas y los videojuegos. R no puede
hablar, sólo gruñir y articular alguna palabra como “hungry” para indicar a sus
amigos que vayan en busca de comida, es decir, carne humana, y si pueden ser
cerebros mejor, ya que estos les transfieren los cálidos recuerdos de sus
víctimas por unos instantes.
Julie (Teresa Palmer, Soy el número
4) es una joven que vive al otro lado de un muro que mantiene aislados a
los supervivientes de una hecatombe cuyo origen desconocemos. Junto con su
novio Perry (Dave Franco, Noche de miedo) se apunta a una
expedición en busca de suministros y medicamentos, y como habréis podido imaginar
–o ver en el didáctico tráiler- ambos se encuentran con R y su grupo de zombies
hambrientos. Nuestro tímido protagonista se come los sesos de Perry delante de
su amada en la mejor secuencia del film, se encapricha por consiguiente de ella
y se la lleva a su hogar, situado en un aeropuerto infestado no sólo de muertos
vivientes, también de otra especie de pútridos carroñeros capaces de comerse
todo lo que tenga piernas.
Nace así una arriesgada historia
de amor, llena de homenajes a Romeo y
Julieta y al cine de terror, que asusta menos de lo que sorprende y que
entretiene más que apasiona. El estudio de la saga Crepúsculo está detrás del proyecto, lamentablemente me temo, porque
una vez acostumbrados al original planteamiento nos quedan unos teenagers raritos
cuya relación no está bien vista por padres ni amigos y que acaba
empachando. Suerte que dejan algún fuego de artificio para el desenlace, justo a
tiempo de que el espectador se vaya satisfecho a casa y el escritor Isaac Marion ultime la secuela
literaria.
De la mano de Joseph Kosinski, director de TRON: Legacy, nos llega la adaptación de
su novela gráfica, un film de ciencia ficción al estilo de Soy leyenda que nada tiene que ver con el famoso videojuego de rol.
TRON: Legacy tuvo que funcionar bien en taquilla o gustarle mucho a
Tom Cruise, de lo contrario no
entiendo cómo han vuelto a confiar en Joseph
Kosinski para que realice una superproducción de Hollywood a base de
costosos efectos especiales que recrean un planeta devastado por una guerra
contra invasores extraterrestres
La tardía secuela de TRON no me disgustó, verla en una sala
IMAX supuso toda una experiencia que ahora podemos repetir con Oblivion
ya que ambas son visualmente espectaculares. El apartado sonoro era otra de sus
virtudes, esta vez el grupo de música electrónica M83 toma el relevo a Daft
Punk y consigue que por momentos recordemos al mejor Mike Oldfield. El
talón de Aquiles de Kosinski continúa siendo el guión, porque entiendo que la
interpretación del señor Cruise no está en sus manos.
Estamos en el año 2073, hace más
de 60 años que ganamos la guerra contra unos extraterrestres que tuvieron la
delicadeza de destruir la luna, lo cual hizo que una serie de catástrofes
ambientales asolaran la Tierra, enterrando ciudades enteras bajo toneladas de
arena. Los marines Jack Harper (Tom
Cruise) y Victoria (Andrea
Riseborough, W.E.) son los dos
únicos humanos que quedan en la superficie terrestre, se encargan del
mantenimiento de unos drones cuya misión es la vigilancia de las plataformas
que extraen los últimos recursos vitales del planeta, en concreto el agua de
los océanos. Dentro de dos semanas ambos técnicos finalizarán su trabajo y se
unirán al resto de supervivientes estacionados en Titán, una de las lunas de Júpiter.
La cuestión es que Jack se siente
demasiado unido a un mundo del que sólo tiene recuerdos, y con su partida a la
vista empieza a entrarle morriña. De vez en cuando sube a su nave burbuja, sobrevuela
Manhattan, con el Empire State como resto de su emblemático skyline, y
atraviesa cráteres volcánicos hasta llegar a su oasis particular, una cabaña en
medio de un bosque donde juega al baloncesto y escucha vinilos de Led Zeppelin, suerte que no tiene un
reproductor de DVD con títulos como Mamá
o Posesión infernal que le inviten a
buscarse otro refugio.
En una de sus misiones rutinarias
Jack descubre los restos de una nave cuyos tripulantes, en estado de hibernación,
están siendo eliminados por los drones que él mismo repara. Llegará a tiempo de
rescatar a una misteriosa mujer, Julia (Olga
Kurylenko, To the Wonder), que obligará
a nuestro héroe a replantearse su insignificante existencia. Por si no tuviera
bastante con lo que lidiar, los Scavengers, una resistencia de alienígenas
indigentes oculta entre las ruinas, le secuestrarán poniendo en peligro su
retorno a la colonia humana.
Esta interesante trama podía
haber dado lugar a un actual El planeta
de los simios o El último hombre…
vivo, en lugar de eso Joseph Kosinski se pierde en un vanguardista diseño
de producción tan elogiable como aburrido que hará las delicias de todo geek o
de todo fan del señor Cruise, que no son pocos.